qué sentido tiene la ciencia en la filosofía

Como pensador de la ciencia (y de la subespecialidad encargada de las teorías de la computación) me he preguntado con mucha continuidad y reiteración cuál es el sentido de la presencia de esta especialidad. Con esto, no deseo ser polemizador, ya que es una pregunta franca y que me he dirigido a lo largo de años a mí. De ahí que, mis medites no van contra ningún integrante de este colectivo, que incluye academias distintas (estructuralismo, CTS, estudios de género, etcétera.). Expongo las causas de mi incomodidad:

(1) Encontronazo teorético: el ímpetu epistemológico que caracteriza la actividad de los pensadores de la ciencia tiene un encontronazo próximo a cero a la red social científica. Los propios implicados, objeto de nuestros sensatos estudios, no detallan ningún interés en nuestras indagaciones. Por consiguiente, no hay un enfrentamiento real constructivo, tan solo especulaciones entre observadores externos de lo científico, sin hallar prosperar con esta actividad la pura teoría científica (protocolos, modelos estadísticos, diseño conceptual, etcétera.).

Sustrato filosófico de las teorías científicas

Evidentemente, las teorías científicas tienen la posibilidad de tener, en su origen, una inspiración filosófica, pero lo esencial no es lo que las inspiró, sino más bien su poder explicativo y que predice, tal como su acuerdo con la experiencia, que es lo que establece su selección y eventual supervivencia. Por poner un ejemplo, el mecanicismo de Descartes influyó en Newton, y después en la teoría del electromagnetismo de Michael Faraday y de James Clerk Maxwell (1864), pero el lastre que suponía el éter desapareció de la física al llegar la teoría de la relatividad particular de Einstein en 1905 y la noción de la propagación del campo electromagnético al vacío. La teoría de la relatividad estropeó con las ideas de Immanuel Kant en el siglo XVIII sobre el espacio y el tiempo, que suponían su vida anterior a nuestras psiques; el día de hoy entendemos, según con la teoría de la relatividad general de Einstein, que nuestra geometría del espacio-tiempo está íntimamente relacionada a la distribución de materia en el cosmos. El espacio-tiempo (de Riemann) toma parte en los hechos físicos: la relatividad general es la activa de la geometría.

De manera equivalente, posiblemente el pesimismo del viejo estudiante de matemáticas Ostwald Spengler contribuyese a hacer un tiempo innovador que favoreciera las ideas de Hermann Weyl, Erwin Schrödinger, Werner Heisenberg o Kurt todos ellos de charla hermana. Spengler publicó en el mes de julio de 1918, antes del colapso del frente occidental, Der Untergang des Abendlandes (La caída de Occidente, traducida a España por García Morente en 1927). Para Spengler, la física occidental había alcanzado el límite de sus opciones y requería cambios radicales. Si bien la predominación de la filosofía histórica de Spengler en Alemania fue colosal –se hicieron sesenta ediciones del libro en ocho años– es seguramente los adelantos revolucionarios de Schrödinger y Heisenberg en la física (1925) o de Gödel en las matemáticas ( 1931) habrían producido del mismo modo. Por otro lado, pocos alumnos de física o matemáticas han oído charlar el día de hoy de Spengler.

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