qué película es esa de ciencia ficción de la piscina

Un espacio diario salvo contexto donde reina el silencio y los cuerpos se muestran como estatuas. De este modo es la novedosa distribución del emprendimiento mucho más aplaudido de la fotógrafa eslovaca.

De piscinas y fracturas

Desde el instante en que era pequeña, Lucrecia Martel soñaba con las opciones de la inmersión. Perjudicada por el asma, se recluía en la habitación de costura de su abuela para contemplar las visualizaciones de pinturas impresionistas que adornaban las paredes y también imaginarse sumergida en una situación paralela a la de su natal Brinca, provincia del nordoeste de Argentina que comprende unas partes de la cordillera de los Andes, bosques de las Yungas y zonas semiáridas del Enorme Chaco. Martel se encontraba especialmente ofuscada con La noche estrellada, pintura efectuada por Vincent van Gogh en el sanatorio Saint-Rémy de Provence, psiquiátrico donde pasó la etapa final de su historia. Pintada en la época de 1889, trece meses antes de la desaparición de Van Gogh, la obra remite a estrellas y nubes de gas. Desequilibrada por el ansia incesante de respirar, la interpretaba como un cosmos acuático de membranas y vibraciones. Este pasaje infantil evolucionaría en lo que en la actualidad es el término mucho más festejado de la cineasta: la “pileta invertida”. Según este esquema, la experiencia cinematográfica equivale a estar sumergido horizontalmente en el fondo de una piscina. Si invertimos la visión, la persona mira la membrana que divide el agua de la área como el espectador contempla la pantalla en una salón de cine. El líquido –el volumen de aire de la salón– marcha como el transmisor del sonido, que consigue una calidad táctil, prácticamente material. La inmersión está en el sonido, no en la imagen. La pileta invertida no procura ser un manifiesto omniexplicativo sobre de qué forma comprender el cine, sino más bien un mecanismo para cuestionar las restricciones de las narrativas que consumimos de manera diaria, tan centradas en el espectáculo visual. Siendo expuesta por una directiva –una artista que, de ceñirnos al lugar común, “pinta con luz”– la iniciativa es tan fantástica como blasfema: la divinidad domina la imagen; el demonio, en cambio, se desplaza en la obscuridad y el susurro.

Ciénaga, primera película de Martel, abre con una familia que toma el sol en torno a una piscina. El receptáculo de agua no es exactamente un oasis de lozanía; por contra, es un tanque putrefacto lleno de hojas y basura. Tras agitar los hielos de un vaso, una señora de lentes oscuros y estadazo etílico, toma una silla. La estridencia del sonido es irreal. La mujer cae al suelo y empieza a sangrar exuberantemente. La familia habitante de La Mandrágora, finca que siembra y recopila pimientos colorados, se activa para llevar a la tía al hospital. Sus movimientos pausados recuerdan a los zombies de George A. Romero. Una vez pasado el susto, las cosas volverán a su sopor frecuente.

Donde se puede observar la película

una piscina vacía de 6 metros de hondura, al lado de un cocodrilo, ahora deberías entender a qué género de película te encaras . No aguardes a una investigación arquitectónico sobre el diseño y la construcción de piscinas, ni tampoco un reportaje de réptiles de la Nat Geo. Esto hablamos de pura diversión.

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