Aventuras de Martín el científico (II) ¿Todo lo que sube, tiene que bajar?

Cuando Martín y su familia fueron al parque, todos se sentaron debajo de un gran nogal para hacer un gran picnic. El niño vio entonces cómo caía hasta su vaso de zumo una nuez que, pesando demasiado para la rama que la sostenía, se había desprendido del árbol.

— ¿Por qué se cayó esa nuez, mamá? — preguntó Martín curioso por el ataque de la nuez a su bebida.

— Ha de ser por la gravedad, hijo — explicó ella.

— ¿La gravedad? ¿Qué es eso?

— Es un fenómeno de la física. La gravedad hace que todo lo que sube tenga que caer.

— ¿Como cuando me subo a un tobogán? — dijo el niño.

— ¡Exacto! — exclamó ella.

La semana siguiente, Martín estuvo estudiando este nuevo fenómeno llamado gravedad. Primero estuvo jugando con su pelota de basquet. Encestara o no en cesto que había en su jardín, ¡la pelota siempre volvía al suelo!

— Todo lo que sube, tiene que caer — se repitió antes de realizar su segundo experimento.

Este consistía en saltar lo más alto que pudiera. Tal y como su madre había dicho, no importaba cuánto saltara, sus pies siempre volvían a la tierra.

Finalmente, para su último experimento dejó caer por la ventana de la segunda planta uno de sus osos de peluche. Y otra vez, cayó.

Martín ya casi había comprobado su hipótesis cuando algo hizo temblar su teoría. Vio una película de astronautas en donde daban grandes saltos por la luna y flotaban en el espacio. El niño no entendía cómo lograban esas hazañas, ¿acaso la gravedad no les afectaba?

Decidido a descubrir si su madre le había mentido, fue a buscarla al pequeño estudio en donde ella pintaba. Allí, Martín le explicó su confusión sobre los astronautas. ¿Cómo podían viajar por el espacio sin pisar la tierra por tanto tiempo?

— Lo que pasa, hijo, es que la gravedad que experimentaste sólo funciona en el planeta Tierra. ¡En el espacio no hay gravedad!

¿Un mundo sin gravedad? Martín se imaginó su pelota flotando mientras se alejaba y los cubiertos escapándoseles a la hora de la cena. Aquello sería muy problemático.

— ¿Y en la luna? — preguntó recordando que en la luna los hombres caminaban dando grandes saltos.

— En la luna la gravedad sí existe, pero no es igual que en la tierra. Allí todo es más liviano, por lo que al movernos podemos saltar más alto y más lejos.

Martín se imaginó a sí mismo dando enormes saltos mientras recorría la luna. Definitivamente la luna no sonaba tan mal.

 


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